Las buenas noticias del paso de Boca por Rancagua se resumen en el resultado, que le posibilitó la clasificación agónica y en los penales. Pero más que nada por lo que evitó: una crisis “a lo Boca” en el inicio mismo del ciclo de Arruabarrena, idéntica situación que, en su debido momento, sufrieron todos sus antecesores bajo la órbita de Román, y ninguno pudo revertirla. Y en el “todos” no hay excepciones a la regla. Desde Miguel Russo hasta Claudio Ubeda, cada uno de ellos vivió el vacío de un final anticipado.
¿Hubiera estado el Vasco en una posición así de haber quedado afuera a tan poco de arrancar? Bueno, Fernando Gago vivió algo parecido, aunque a Arruabarrena, probablemente, se lo hubiera llevado puesto la serie de frustraciones que lo antecedieron. El asunto es que Boca no tiene mucho para celebrar, acaso el haber evitado un container masivo. Porque si se quedaba afuera, no se salvaba casi nadie, y el casi nadie incluye a todos. De Riquelme para abajo…
Lo bueno para Boca es que, finalmente, eso no se dio. Pero claro, futbolísticamente es un mérito modesto, de vuelo corto, porque a Boca no le sobró nada. En cuanto a la expresión de juego que mostró en Chile fue muy pobre, en un resultado que vino corto de Buenos Aires (1-0 en la ida en la Bombonera), pero el equipo jugó como si la ventaja fuera mayor, y cuando quiso acordarse estaba contra las cuerdas y pidiendo la hora.
O’Higgins fue valiente, en parte porque no le quedaba otra. Presionó alto, se arriesgó, pero dejaba muchos espacios atrás, que no siempre aprovechó el equipo del Vasco. Lo peor es la falta de convicción con la que se fue resignando, lentamente, a esperar. Aún teniendo situaciones para aprovechar (las espaldas de los laterales y de los dos volantes centrales de O’Higgins) deambuló en la tibieza, ayudado por algunas actuaciones individuales muy bajas, como la de Sebastián Villa, Miguel Merentiel y Santiago Ascacibar. La excepción a la regla fue Tomás Aranda. El pibe fue el único que se animó a tomar la pelota y gambetear para adelante, sea para habilitar compañeros o para probar de afuera, situaciones que repitió varias veces durante el partido.
Si Boca mantuvo cierta peligrosidad en el comienzo, la misma se fue apagando hasta casi desaparecer. Sin autoridad, sin ambición para lastimar, se fue aferrando al exiguo 1-0 de la ida, con una tibieza exasperante. Y el empate de O’Higgins llegó por acumulación, sin someter a Boca ni generarle chances claras, pero le bastó con insistir. Insólitamente llegó de un lateral que Figal despeja mal y Panchito González definió con un puntinazo seco.

Recién ahí, con la catástrofe inminente, Boca reaccionó. Aranda volvió al partido y la inclusión de Flores fue clave. Así, el equipo generó todas las chances juntas. El arquero Carabalí le sacó dos tiros del ángulo a Aranda, Flores metió un derechazo en el ángulo y Costa lo perdió increíblemente de cabeza. ¿Hacía falta coquetear tanto con la eliminación? ¿Por qué no demostrar la superioridad, evidente, que tiene Boca, cuando tiene que hacerlo?

Después, en los penales, apareció la categoría de Boca para patear, a excepción de la novatada de Aranda, que la quiso picar cuando tenía la chance de definir la serie.
Boca evitó un balazo a la sien, pero jugó para merecer la eliminación, y eso es lo verdaderamente preocupante. Desde ya, con este nivel será cuestión de tiempo hasta darse de trompa contra la realidad, y la crisis que este jueves evitó se hará carne un poco después. El Vasco tiene plantel y tiene una idea, pero tiene que empezar a aparecer ya, porque el container está de moda y hay para todos.






